Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘RELATOS CORTOS’ Category


LA HISTORIA SECRETA DE C.M.R., EL INCOMPRENDIDO.

Todo el mundo se equivocó. Nadie se dio cuenta. No dudaron en tacharlo de egoísta cuando, en el fondo, él solamente tenía una terrible discapacidad lingüística: solo sabía conjugar en primera persona. Por desgracia, se le diagnosticó mal y tarde. Si tan sólo alguien le hubiera enseñado un poquito de gramática…

Y tú, ¿cómo vas con las conjugaciones?…

Anuncios

Read Full Post »


Tengo una amiga -sí, la misma que está condenada biológicamente- que parece que lleva vida de princesa. Jamás lleva las bolsas de la compra, jamás carga con una sola maleta y sólo duerme en buenas camas. Tampoco hace gestos bruscos porque en realidad su cuerpo no se mueve, no, más bien levita entre los algodones que le pone el botiquín de su imaginación. ¿El botiquín? Sí, sí, has oído bien. El botiquín de su mente aterrorizada. Porque aunque parezca una de tantas malcriadas, la pobre princesa viene con sorpresa, pues no es más que una pobre lisiada porque el territorio de su cuello tiene por reina a una Maldita Hernia. Pobre princesa guerrera.

Read Full Post »


Tengo una amiga, qué pena, condenada biológicamente. Se llama Cristina, vive en Brooklyn. Se tiñe el pelo y habla por las noches. Le falta vitamina E y se la toma en capsulitas (yummy yummy). Pobre. Está condenada biológicamente, traicionada desde dentro que es el peor origen que una traición puede tener. Es una condena complicada, ¿sabes por qué? Porque mi amiga tiene vocación de abuela sin tener instinto de madre.

Si tan sólo pudiera inventar una libertad condicional para el instinto materno…

Read Full Post »


Supongo que no puedo decir que mi vida sea mala: mi marido tiene trabajo, mi hijo no se droga, tengo una casa y nadie me pega ni nada por el estilo. Pero no soy feliz. Vegeto día a día, levantándome a la misma hora, haciendo las mismas camas, preparando la comida a las dos de la tarde, fregando como siempre a las tres y cuarto, viendo la misma telenovela, cuidando a mi suegra moribunda e insoportable…

Pero soy mala, de lo peor, a veces creo que me estoy volviendo loca, porque, por poner un ejemplo, cada vez que veo a mi suegra, ahí tendida, cadavérica, amarillenta y arrugada como una manzana podrida, sólo le deseo la muerte, pero no por compasión, sino porque deseo que se muera, no sé bien por qué. No es nada personal. Pero quiero que se muera y me deje en paz, no quiero tener que levantarme a media noche porque quiere agua, no quiero ponerle la cuña todas las noches para que orine, no quiero aguantar sus protestas, no quiero darle la maldita pastilla de las nueve, ni la de las tres ni la de las diez de la noche, ni ninguna.

Le deseo una muerte rápida para que no sufra ella, pero principalmente para que no sufra yo teniendo que cuidarla. Es triste pero es así. Sería una cínica si dijera lo contrario. Incluso una vez, que Dios me perdone, dejé la ventana de su cuarto abierta en pleno invierno para ver si se quedaba tiesa. Tengo que ser un bicho de mucho cuidado. Y el caso es que antes yo no era así. Creo que los años me han hecho una mala persona.

—Charito —su marido se rasca la barriga inflada y peluda mientras ve la tele—. Charito, anda, hazme el bocadillo que me tengo que ir al trabajo —levanta los brazos en alto como si estuviera indignado—. ¡Hala esa qué gorda, y sale en televisión con un bañador, qué poco sentido del ridículo!

Como odio que me llame Charito. Llevo treinta años diciéndole que me llame Rosario, pero él dale que dale con Charito, pa fastidiarla a una, fijo. Me asomo al salón. Si la de la tele está gorda, entonces yo soy una ballena…seguro que me ve como si fuera un bola a punto de echar a rodar. Qué poco tacto, podía callarse la boca y pensar más en lo que dice. Vaya manera de faltarle a una al respeto.

—Ya voy —y me dirijo maquinalmente a la cocina, corto el pan de siempre, y meto el queso de siempre. Qué asco de queso, y de bocadillo y de vida. Qué asco de cocina. Qué asco de todo.

Le doy el bocadillo metido en una bolsa de plástico. No sé por qué le pregunto la hora a la que va a volver si lleva treinta años volviendo a la misma hora. Y él me contesta que a la hora de siempre. Lleva razón. Pero él no se queja por la pregunta, creo que se lo toma como que tengo ganas de que vuelva, cuando en realidad quiero saber cuánto tiempo voy a  estar tranquila, sola, sin que me llame Charito ni me pida ningún bocadillo.

—¡Charito! —una voz plegada y débil se escucha en el pasillo— Charito, que tengo frío, tráeme una manta, que me muero de frío. Qué sola estoy y qué poco miráis por mí.

Pues baile una sardana si tiene frío, pienso yo para mis adentros. Qué frío ni qué narices. Yo también estoy cansada y no me quejo. Aguántala a la vieja, hay que fastidiarse. Y venga con llamarme Charito, cuando no es el hijo es la madre.

—Tenga, doña Angustias —el nombre le va que ni pintado— la manta. Pero no me llame a los dos minutos porque tiene calor, ¿eh?, que ya me la conozco yo a usted.

—No me queréis en esta casa, que lo sé —mira con sus ojillos apergaminados, de un azul desteñido—, pero ya os pesará, ya. Cuando yo me muera os va a pesar el haberme tratado así.

Me voy a la cocina y pongo la tele. Ya empieza la telenovela, qué bien. Me da más alegría ver a la protagonista que a mi marido. Y eso que no me pega, ni me viene borracho, como a otras. Doña Angustias me llama con voz delirante, qué tiene calor, que le quite la manta. Cierro al puerta de la cocina para no oírla, así no me vence la conciencia. A ver si se muere, y que Dios me perdone.

Preparo la cena para todos, friego casi sin enterarme y me meto en la cama. Doña Angustias me insulta cuando paso por delante de la puerta, me dice que soy el diablo con los ojos apesadumbrados. Se ha quitado la manta ella sola y me lo echa en cara con algunos gestos de mal gusto. Dice que soy una bruja y que en esa casa no se la quiere. Tal vez si ella se hiciera querer…Aunque igual tiene razón y resulta que no la queremos, la verdad es que no lo sé. Hombre, su hijo la querrá digo yo, pero lo que es una servidora no lo tiene tan claro.

Si se muriese podría pedir permiso a Manolo para hacer una salita de estar en la habitación esa y así el fin de semana invito a las amistades a tomar café y hablamos cosas de mujeres mientras él ve el fútbol con Pedro y Juan. Así no les molestamos. Eso estaría bien. Sonrío y me sorprendo a mí misma cuando veo mi cara sonriendo en el espejo. Es una cara extraña, desconocida.

Otro día más. Al pasar el polvo se ha roto una figura, y casi hasta me ha dado alegría porque ha sido algo nuevo, diferente, algo que hacía años que no me pasaba. No se lo voy a decir a Manolo, porque se va a enfadar y con razón, por hacer las cosas distraída. Si es que no me fijo, soy un desastre, no me extraña que a veces Manolo pierda al paciencia conmigo y me grite. Pero pegarme no me pega, vamos, sólo lo normal y muy de cuando en cuando.

Pego la figura y ni se nota que se ha roto. Ale, ya está. Vaya, se me ha pegado el pegamento instantáneo al dedo. Qué asco. Voy a prepararle el bocadillo de siempre. Como siempre. Como todos los días. Como siempre.

*     *     *

—¡¡Madre!! —Manolo está fuera de sí— ¡madre!, ¿dónde está la Charito?

—No sé hijo, con algún pendejo, fijo —le cuelga un hilillo de baba en su boca calva.

—Madre, por Dios…

—No sé, se fue y me dejó sola, sola completamente, pa haberme pasao cualquier cosa —se queja de un dolor en no sé dónde.

Manolo entra en su habitación. Se extraña porque la cama está sin hacer. Oye mucho revuelo en el patio. Un montón de vecinos se apelotonan alrededor de un cuerpo inerte, ensangrentado pero tremendamente sonriente. Encima de la cama ve una nota:

“El bocadillo te lo haces tú y a tu madre la cuidas tú. Yo hago lo que me da la gana”. Al lado está la figura rota.

Read Full Post »

MARÍA


Empezó fumándose su nombre y después pasó a fumarse el sonido de su estornudo. Admiraba a de Quincey y muy especialmente a Baudelaire, quiso perderse y derrocharse en el fragor subrepticio y catártico esos Paraísos Artificiales descifrando su mensaje oculto o, si así lo prefieres, desoyendo su advertencia. Alcanzó su ideal y, como un gran caballero Templario, murió por él. Víctima purgada y verdugo enajenado del poder del genio creador.

Read Full Post »


— ¡Dios Mío, Macarena, qué disgusto! A tu padre y a mí nos has matado en vida…¡dinos, por amor de Dios, qué hicimos mal contigo!, ¡¡dínoslo!!. ¿Es qué no sientes ni un poco de vergüenza?, ¿eh?, ¿no siente el más mínimo respeto por tus padres?.¡¡Años preparándote, instruyéndote para que fueras madre soltera y ahora vas y dices que te quieres casar y tener hijos…!!. ¿Qué va a ser lo próximo?, ¿qué vas a estudiar una carrera o que eres heterosexual?. ¡Qué vergüenza, qué dirán de nosotros, qué va a pensar la gente, Dios mío de mi vida!…

Read Full Post »


Toda su vida era estar en el Museo de Escultura, día y noche, invierno y verano, con frío o con calor. Se situaba en la puerta de la primera sala y allí ejercía su trabajo de vigilante, poniendo especial cuidado en que todo transcurriera sin problemas. Por el día se preocupaba de que ningún visitante incauto llevara sus manos hasta las estatuas para calmar su curiosidad o enardecer su admiración. Estaba muy atento, escudriñaba hasta el último detalle y sentía morirse de puro placer cuando oía aquellos “¡oh!”, gordos pero suavecitos, que salían de los visitantes boquiabiertos y  pasmados ante tanta belleza.

Nadie le decía nunca nada, nadie le pagaba su servicio de vigilancia, nadie reparaba siquiera en su presencia. A lo sumo se reían de él algunos grupos de colegiales desalmados: “¡Qué viejo está!, ¡vaya una pieza de museo!” le decían. Y le señalaban con el dedo entre carcajadas crueles pero muy respetuosas con el cartel que pedía silencio, pues apenas se les oía.

Pero eso a él no le importaba. Todos esos malos ratos se veían recompensados con creces cuando se quedaba allí durante la noche a cuidar de las obras de arte. A las nueve en punto el museo quedaba completamente vacío, con todas sus puertas cerradas. Entonces el silencio le ayudaba a vigilar las piezas que, entre ansiosas y medio entumecidas, ya empezaban a revolverse. Nadie podría contemplar escena más hermosa: los marmóreos cuerpos de Apolo y Dafne se volvían tiernos y flexibles, e iniciaban su inquieta persecución en la esquina en la que estaban situados; Santa Teresa, con la mirada arrebatada y el espíritu exacerbado, sufría y gozaba la pujanza de una amoroso sentimiento que amenazaba con rasgarle las entrañas. Mientras, en la esquina opuesta, el mismo Luzbel, erguido en forma de arco tensado, se consumía entre palpitantes llagas que hervían en azufre. Un grupito de angelotes revoloteaba alegre por la estancia, zumbando todos ellos en un zigzagueante movimiento como si fueran santos murcielaguitos y, Diana y Baco, con gesto solemne, le ofrecían cada noche un trocito de su mitológico festín.

Y así, se sentía un ser tan maravillosamente privilegiado por poder contemplar tanta hermosura, que permanecía extasiado durante las horas posteriores en las que ya estaba amaneciendo. En esos momentos, todo volvía a su sitio excepto las risitas de los angelotes, que tardaban un poco más en fundirse con sus esculturas por su propia naturaleza alegre y juguetona.

Día tras día iba cumpliendo su misión a pesar de que notaba que algo le estaba consumiendo por dentro. Pero no le entristecía la enfermedad en sí, ni siquiera el sentirse devorado, sino que lo que verdaderamente le preocupaba era la suerte que sufrirían sus pobres estatuas sin que él las vigilase. Las miraba y pensaba “¿quién os va a cuidar ahora, mis queridos compañeros?, ¿quién sabrá entenderos y consolaros cuando estéis tristes?”. Y sin querer, se le caían las lágrimas, y él se tapaba entonces la cara para que no sufrieran al verle llorar.

Un domingo, a eso de las cuatro de la tarde, entró don Alfonso, el director del museo, con otras dos personas. Hablaban entre ellos y le señalaban, y asentían con la cabeza cada vez que don Alfonso hacía un comentario. “Seguramente les está hablando de mí, de mi esforzado trabajo y mi empeño sin igual”, y se estiraba un poquito a pesar de que no le quedaban apenas fuerzas ni para sostenerse a sí mismo.

De repente, los dos hombres lo levantaron bruscamente y preguntaron a don Alfonso “¿en la de abajo?”, a lo que él asintió sin preocupación ninguna. Una vez que llegaron al cuarto de abajo, uno de los hombres cogió un hacha. Él gritó desesperado, su turbación era tal que incluso pensó que tal vez era una broma de mal gusto. Pero no era así. Miró suplicante a don Alfonso, y se le resbaló de los labios un “por qué” que sólo obtuvo como respuesta “cuanto antes acabemos mejor”. El hombre, apretando los dientes, le clavó con todas sus fuerzas el hacha en la cabeza, y después varias veces en el cuerpo.

“Es una pena acabar así con él —dijo don Alfonso con cierta tristeza— pero esta pobre estatua ya estaba casi comida por la carcoma. No daba buena imagen al museo”.

Read Full Post »

Older Posts »